El “síndrome de la amapola alta”

La expresión nace de una imagen sencilla: la flor que sobresale en un campo corre el riesgo de ser cortada. El término, popularizado en Australia, Nueva Zelanda y el Reino Unido, describe algo muy humano: cuando alguien destaca —por talento, esfuerzo o resultados— muchas veces se convierte en blanco de críticas, incomodidad o intentos de minimizar lo que ha logrado.

Y no pasa solo en el trabajo. También ocurre en amistades, matrimonios, familias y comunidades. No depende del lugar, sino de la incomodidad que puede generar quien se sale del promedio.

La idea no es nueva. En Historias, Heródoto relata cómo Periandro consultó a Trasíbulo sobre cómo gobernar con seguridad. Trasíbulo no respondió con palabras: salió al campo y comenzó a cortar las espigas más altas a su paso. El mensaje era silencioso, pero fuerte: eliminar a quienes sobresalen para mantener el control. Más tarde, Aristóteles retomó esta idea como ejemplo de cómo algunos sistemas buscan nivelar a las personas hacia abajo, en lugar de permitir que crezcan.
La Biblia también reconoce esta realidad. En Eclesiastés 4:4 se dice:
“He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo.”
Es una verdad incómoda: el logro no siempre genera admiración; muchas veces genera incomodidad.
Destacar implica aceptar que no todo el mundo va a aplaudirte. La Biblia muestra muchos ejemplos: personas como David o José destacaron, pero también fueron incomprendidos, rechazados o envidiados antes de ser reconocidos.
A veces uno siente que tiene que “agacharse” para encajar. Como si pensar diferente, soñar en grande fuera un problema. Callamos ideas, nos frenamos… solo para no incomodar.


Por otro lado, también existen relaciones sanas. Personas que no solo celebran tus logros, sino que se alegran de verdad. Y eso es un tesoro.
Tengo tres hermanos y, como en cualquier familia, tenemos nuestras diferencias. Pero hay algo muy lindo: sabemos alegrarnos genuinamente por el otro. Es como si cuando uno gana, ganáramos todos.
Cuando algo me sale bien, siento de verdad que lo comparten conmigo; y cuando a otro le va bien, veo cómo todos nos alegramos… y eso cambia todo. Y lo más bonito es que no solo es entre nosotros: también son así con sus amigos y colegas, saben ser buenos amigos. Y eso me encanta.

El reto es: 
atrevernos a ser “amapolas altas”…
y también aprender a no cortar a quienes lo son.
Porque crecer no debería ser una amenaza, sino una inspiración.
Brilla sin culpa, y aprende también a alegrarte cuando otros brillan. En eso hay algo profundamente sano, profundamente cristiano.
Feliz domingo. Aprendamos a vivir bonito.

 

Liss Rivas Clisson