Acaba de pasar el Día del trabajo y, como suele ocurrir en estas fechas en algunas revistas de negocios, vuelven las conversaciones sobre liderazgo: qué significa, quién lo tiene y si realmente se puede aprender. Hay una idea que ayuda a esto:
Somos, al mismo tiempo, lo que traemos y lo que construimos.
Esta visión ha sido desarrollada por Nigel Nicholson, profesor en la London Business School, quien ha estudiado cómo la biología influye en el comportamiento humano dentro de las organizaciones. Para él, la individualidad no es simplemente “ser diferente”, sino el resultado de tres fuerzas que interactúan:
La primera es la naturaleza biológica.
Nacemos con ciertas predisposiciones: un temperamento, una forma de reaccionar, una inclinación hacia el riesgo o la prudencia. No partimos de cero.
La segunda es la experiencia personal.
Nuestra historia —la educación, el colegio donde fuimos, la familia, la cultura, lo vivido— va moldeando esa base. Dos personas pueden empezar parecidas y terminar siendo completamente distintas.
Y la tercera es el contexto.
El entorno en el que trabajamos y vivimos puede amplificar lo que somos… o limitarlo. Hay lugares que sacan lo mejor de uno, y otros que lo apagan lentamente. De ahí surge una idea:
No somos una hoja en blanco,
pero tampoco estamos completamente escritos.
Entender esto cambia la forma de ver el liderazgo. Porque si cada persona es distinta —de verdad distinta— entonces tratar a todos igual no es ni justo ni eficaz. Un buen líder no impone un molde; hace algo más parecido a lo que ocurre en casa: como padre, sabes que no puedes tratar a todos los hijos exactamente igual, porque cada uno necesita algo distinto.
Tengo dos hijos, y créanme, no puedo hablarles a los dos con las mismas motivaciones.
Por eso el líder aprende a observar. Detecta talentos naturales, construye equipos donde las diferencias suman y, sobre todo, evita algo muy común: exigir a todos lo mismo.
Y esta idea no es exclusiva de la ciencia.
La Biblia, desde un lenguaje completamente diferente, también reconoce que las personas no son iguales. La biblia habla de distintos “dones”: capacidades diversas, necesarias, complementarias.
La diversidad, en este sentido, no es un accidente. Es parte del diseño.
Y cuando habla de liderazgo, la Biblia rompe aún más. No presenta líderes “naturales”, dominantes o carismáticos por genética.
Moisés no quería liderar
David no era el más fuerte
Pablo de Tarso ni siquiera empezó en el lado correcto.
Ninguno encaja con el estereotipo del líder nato.
Y por eso siempre digo que hay algo que no me gusta de muchos religiosos, y es que siempre se han planteado como una elección: ciencia o fe. Pero no es necesario. No se anulan.
Bueno no olvidemos que tener una tendencia —al desánimo, a evitar conflictos, a ser impulsivo— no significa estar condenado a ella. Sabemos que el cerebro cambia, que los hábitos transforman y que podemos trabajar sobre nuestro carácter. No elegimos del todo quiénes somos al inicio, pero sí participamos en quiénes llegamos a ser.
Y en ese proceso, también puedes convertirte en el líder que quieres ser…
Estoy en ambos lados, tengo jefe y también dirijo creativos. Y cuando dejo de ver a las personas por lo que creo que deberían ser y empiezo a verlas por lo que son, cambia mi forma de trabajar… y la forma en que me dirijo a ellas. Entiendo mejor sus fortalezas, sus límites y el valor real que aportan.
Recuerdo a mi hermano. Hace unos veinte años teníamos una pila de trabajo enorme y éramos tres personas para sacarla adelante. Lo interesante no fue el trabajo en sí, sino cómo nos motivó.
A cada uno le habló de forma distinta para animarnos a terminar.
A uno le propuso ayudar a personas que lo necesitaban al final.
A otro ir al mejor restaurante de la ciudad.
Y a otro tener una semana libre.
No era manipulación. Era comprensión.
Había entendido algo simple, pero poderoso: no todos nos movemos por lo mismo.
Y cuando eso se entiende, todo empieza a funcionar mejor.
Feliz día del trabajo.
Liss Rivas Clisson