Estar solo es una condición física: no hay nadie alrededor, la soledad, en cambio, es una experiencia emocional: la ausencia de conexión, incluso en compañía.

El periodista Derek Thompson de The Atlantic,  escribe que cada vez más personas eligen vivir solas y organizar su vida de forma independiente. Muchas veces eso refleja libertad, autonomía y una nueva forma de entender la vida adulta.

Vivimos en una época en la que más personas viven solas por elección, se retrasa el matrimonio y se valora el control del tiempo y del espacio personal. Para muchos de mi generación, esto resulta llamativo: a la edad que hoy tienen muchos jóvenes, ya estábamos casados o teníamos hijos. Hoy, en cambio, vivir solo no solo es aceptado, sino deseable.

Y no sin razón. Vivir solo puede ser cómodo, libre, incluso saludable. Pero al mismo tiempo, algo ha cambiado.

Cada vez hay menos interacción social no planificada: menos encuentros casuales, menos vida de barrio, más tiempo en casa entre pantallas, entregas a domicilio y teletrabajo. La tecnología nos conecta, sí, pero también ha reemplazado muchos de los espacios donde antes ocurría la vida social sin esfuerzo.

Aqui el problema aparece cuando la comodidad sustituye al vínculo.

Cuando no hay relaciones significativas.

Cuando todo contacto social se vuelve opcional… y por tanto, prescindible.

Porque hoy el mundo está diseñado para que no necesitemos a nadie: el streaming sustituye salir, las apps sustituyen encuentros, el teletrabajo reduce el contacto cotidiano. Todo funciona. Pero también todo nos aísla un poco más.

Hoy es posible evitar casi toda interacción.

Y ahí está el cambio: las relaciones ya no ocurren solas. Hay que elegirlas ala carta.

 

Marc Dunkelman, autor del libro The Vanishing Neighbor, analiza la pérdida de la comunidad intermedia, nuestros vínculos más cercanos se han fortalecido. Los padres pasan más tiempo con sus hijos que antes. Pero hemos perdido algo intermedio: lo que él llama “la aldea”.

Ese espacio de vecinos, conocidos y comunidad —personas que no elegimos, pero con las que convivíamos— está desapareciendo. Y con él, una parte esencial de la vida social.

Hoy tenemos relaciones más profundas en lo íntimo, pero menos relaciones en lo cotidiano.

Y eso tiene un efecto: somos menos tolerantes a lo que no encaja con nosotros.

Porque la tolerancia no se aprende en teoría, sino en la fricción diaria con otros, esa fricción ha desaparecido.

No vivimos exactamente en un siglo antisocial.

Vivimos en un siglo de relaciones a la carta.

Elegimos cuándo, cómo y con quién relacionarnos. Eso nos da libertad, pero también introduce un riesgo: que reduzcamos nuestras relaciones a lo cómodo, lo afín, lo controlable. Y así, poco a poco, lo social se vuelve más frágil.

Tu pregunta importante puede ser esta:

¿Hay alguien con quien puedes hablar de verdad, sin filtro?

Si la respuesta es sí, probablemente estás bien, aunque vivas solo.

Si la respuesta es no, ahí empieza la soledad, incluso rodeado de gente.

Porque el problema de nuestro tiempo no es la soledad elegida.

Es cuando, sin darnos cuenta, la elección se convierte en aislamiento.

Como ya advertía el libro de Eclesiastés:

“Mejores son dos que uno… porque si uno cae, el otro lo levanta”.

Quizá el verdadero riesgo no es estar solos, sino empezar a creer que no necesitamos a nadie.

Pasen un buen domingo y aprendamos a vivir bonito.

Liss Rivas Clisson