El statu quo suele entenderse como la decisión —explícita o silenciosa— de mantener las cosas tal como están, incluso cuando existe la posibilidad de cambiarlas. No siempre nace de la comodidad; a veces surge del miedo a lo que podría pasar si algo se mueve.
Hay algo que me causa asombro: en la fachada de la Iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén, hay una pequeña escalera de madera apoyada contra una ventana. Lleva allí desde 1723. No es una reliquia, ni una obra de arte. Sin embargo, nadie la toca.
En 2002, un monje movió una silla para sentarse a la sombra. El gesto, cotidiano y razonable, fue interpretado como una violación del acuerdo. La reacción fue desproporcionada: enfrentamientos, heridos, pelea entre monjes.
Y es precisamente ahí donde el statu quo deja de ser neutral. Porque lo que parece paz muchas veces es solo silencio prolongado.
Esa misma lógica no está tan lejos de nosotros como pensamos.
La iglesia, uno de los lugares más sagrados del cristianismo, es compartida por varias denominaciones. En 1757, estas comunidades acordaron un principio básico: nada dentro del templo puede modificarse sin el consentimiento de todos. El acuerdo, conocido como statu quo, sigue vigente hasta hoy. Resulta casi increíble que ni siquiera en lo más esencial logren ponerse de acuerdo.
Incluso los cambios más pequeños se vuelven imposibles.
Y no se trata solo de la escalera. Durante siglos, decisiones mínimas —mover un objeto, reparar una pared, reorganizar un espacio— han quedado atrapadas en la falta de consenso.
Y ese mismo patrón se repite, con frecuencia, mucho más cerca de nosotros.
En las familias también existe el statu quo. No se firma, pero se aprende. Son acuerdos dados por sentado que dictan qué temas no se mencionan, qué conflictos se evitan, qué verdades se postergan. Se instala la idea de que es mejor no hablar para no romper la paz.
Pero esa paz tiene condiciones.
Porque lo que no se habla no desaparece, eso se transforma en distancia, en incomodidad, en resentimiento silencioso. Se acumula con los años.
Incluso en uno de los espacios más sagrados del mundo, el miedo al conflicto puede pesar más que la necesidad de acuerdo.
Por eso quise poner este ejemplo, porque hay conversaciones que no pueden seguir posponiéndose. Hay desacuerdos que necesitan ser nombrados. Y hay momentos —en las familias, como en cualquier comunidad— en los que cambiar algo no destruye el equilibrio, sino que lo hace más honesto.
Porque, a veces, la verdadera paz no consiste en que nada se mueva, sino en aprender a moverlo juntos.
Enseñemos a nuestros hijos que lo que molesta se habla, que lo que incomoda se resuelve. “No se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26).
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda… y reconcíliate primero con tu hermano.”
— Mateo 5:23-24
Reparemos a tiempo nuestras heridas, antes de que se vuelvan distancia.
Tengan un buen domingo. Y, sobre todo, aprendamos a vivir bonito.
Liss Rivas Clisson