Dios no escondió sus heridas

Para los cristianos, la resurrección es, junto con la Navidad, uno de los acontecimientos más decisivos de la historia. Por eso, es también un momento que invita a celebrarse en familia, a compartir la fe y la esperanza que nos une. Pero incluso más que el nacimiento, la resurrección constituye el fundamento mismo del cristianismo. Sin ella, todo se derrumba. Ya lo expresó Pablo de Tarso: si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana.

 

Creer, en esencia, es afirmar que la muerte no tuvo la última palabra. Que Dios levantó a Jesús de entre los muertos. Y que, desde entonces, la esperanza dejó de ser una idea para convertirse en una realidad viviente.

Hoy los invito a pensar en los  relatos de la resurrección. Cuando Jesús se aparece a sus discípulos, no borra sus heridas. No oculta la marca de la lanza en su costado ni las cicatrices de los clavos. Al contrario, se deja reconocer por ellas.

Jesús venció a la muerte, pero no borró las cicatrices de su cuerpo. Quizá porque solo podemos conocer y ser verdaderamente conocidos cuando nos atrevemos a mostrar nuestras heridas.

Vivimos en una época obsesionada con la perfección. En las redes sociales, todo parece lindo, exitoso, impecable. Nos inspiran las virtudes ajenas, sí, pero lo que realmente nos conecta son las historias de fragilidad, de fracaso, de lucha. 

El cuerpo resucitado de Jesús no niega el dolor que sufrió —la violencia del poder político, la, la cruz—, pero tampoco queda definido por él. Las heridas permanecen, pero ya no dominan. Ya no tienen la última palabra.

Y ahí hay una enseñanza: nuestras heridas existen, pero no nos definen. Nuestros fracasos no son nuestra identidad final.

La Pascua, entonces, no es solo una celebración religiosa. Es una invitación a mirar la vida desde otro lugar. A reconocer que incluso lo más roto puede ser transformado. Que la esperanza no es ingenuidad ni pensamiento positivo, sino una forma de ver más allá de lo evidente.

El filósofo Gabriel Marcel hablaba de la esperanza como una confianza radical en la realidad. No como una ilusión, sino como una apertura a un sentido más profundo. Igual Václav Havel la definía no como la certeza de que todo saldrá bien, sino como la convicción de que algo tiene sentido, pase lo que pase.

La esperanza, en este sentido, exige valentía. Exige fe.

Y también nos saca de nosotros mismos. Porque la esperanza nunca es un proyecto individual. No es un “yo” aislado, sino un “nosotros” compartido. Nos empuja a trascender el ego para encontrarnos en comunidad, en solidaridad, en humanidad.

 

En tiempos en los que el miedo parece marcar el ritmo —como advierte el filósofo Byung-Chul Han—, la esperanza se vuelve casi un acto de resistencia.

Nuestras cicatrices no son el final de la historia. Incluso en medio de la incertidumbre, podemos seguir creyendo que todo —de una manera profunda— tiene sentido.

Porque la resurrección no elimina las heridas.
Las transforma en señales de esperanza.

Alabemos a Dios y celebremos este día en que la muerte fue vencida, la esperanza nació de nuevo y Cristo se reveló como rey para siempre. 

 

Liss Rivas Clisson