El duelo de dejar de ser quien eras

Hace poco recibí en mi correo una invitación a un taller titulado “Adiós a la persona que solía ser”. El título me gusta.

Porque como dicen asociamos el duelo con la muerte de alguien —y, en cierto modo, así es—. Pero el duelo no pertenece únicamente a la pérdida física. También aparece cuando perdemos partes de nuestra propia historia: versiones de quienes fuimos y que ya no existen.

la vida está llena de esas despedidas silenciosas: la carrera que nunca seguimos, la amistad que se desvaneció, el cuerpo que cambió, etc.

En América, hemos perfeccionado el arte de celebrar los comienzos: nacimientos, los icónicos quince años, bodas, graduaciones. Y no hay nada de malo en ello. Pero cuando se trata de finales —divorcios, jubilaciones—, el lenguaje se vuelve silencioso.

En Francia, por ejemplo, la jubilación no es solo una salida laboral; es un acontecimiento que se marca y se celebra. A través del pot de départ, colegas y amigos se reúnen no para lamentar lo que termina, sino para reconocerlo. Incluso hay celebraciones familiares. No se celebra la pérdida, sino la totalidad de lo vivido. No es simplemente dejar de trabajar: es honrar una etapa completa de vida. Y ese gesto no se limita a la jubilación; también acompaña otros cierres, como un cambio de empresa o el final de una etapa profesional.

Porque, en el fondo, lo que llamamos “principio” o “final” es una cuestión de perspectiva. La naturaleza lo entiende bien. Nosotros, no tanto.

Quizás por eso nos cuesta tanto avanzar: porque no sabemos cómo terminar.

En la tradición bíblica, esta idea aparece:

“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.” — Ezequiel 36:26

Aquí, el final no es fracaso ni desaparición. Es transformación. No es un punto final, sino una reconfiguración.

Tal vez el problema no es que cambiamos, sino que no sabemos cómo acompañar ese cambio.

Cuando yo era joven, escuchaba decir de alguien que “Esa persona tiene caracter porque no cambia” es como si fuera un elogio, una virtud, como si la permanencia fuera sinónimo de carácter. Pero hay algo profundamente triste en esa idea. Porque vivir implica, necesariamente, transformarse.

No soy la misma persona que fui a los 30. Ni siquiera soy la misma de hace cinco años. Y eso no es una falla: es la evidencia de que algo está vivo.

Y por eso pienso que quizás también tendríamos que aprender a mirar así a los demás. A no recriminar sus cambios, sino a reconocerlos. A entender que cada persona está, a su manera, dejando algo atrás para poder convertirse en otra cosa.

Porque, al final, convertirse en alguien nuevo no es solo un acto de crecimiento.

Es, también, un acto de duelo.

Y si aprendiéramos a honrar ese duelo —a nombrarlo, a marcarlo, incluso a celebrarlo—, podríamos vivir nuestros comienzos con una lucidez distinta.

Más honesta.

Más humana.

Porque empezar de nuevo no es el problema.

Lo difícil siempre fue aprender a terminar.

 

Liss Rivas Clisson