La pregunta equivocada sobre Jesús y el feminismo

En el mundo antiguo, las genealogías rara vez incluían mujeres, eran listas de padres e hijos, de patriarcas y herederos, nombres que transmitían linaje y propiedad a lo largo de las generaciones.

Peroen  la genealogía de Jesus, entre generaciones de hombres aparecen cinco mujeres: Tamar, Rahab, Rut, Betsabé y María.

Esto no era habitual. Y tampoco lo eran sus historias.

Cuatro de ellas cargaban una vida bien compleja. No son las heroínas impecables que uno esperaría encontrar en la genealogía de un rey. Y, sin embargo, sus nombres están allí.

La Biblia parece insistir en un patrón incómodo para nuestras categorías de prestigio: Dios no escribe su historia siguiendo los criterios humanos de respetabilidad o poder. Desde el principio, las mujeres forman parte de esa historia.

Y sin embargo, cada Día Internacional de la Mujer reaparece una pregunta que suena moderna, provocadora y para algunos necesaria:

¿Era Jesús feminista?

Históricamente, no.

Pero no porque Jesús estuviera en contra de las mujeres. La razón es más simple y más histórica: el feminismo es un movimiento político e intelectual moderno. Tiene su propia genealogía, sus debates internos y sus distintas corrientes.

Jesús en cambio, fue un judío del siglo I que vivió bajo el dominio del Imperio romano. Su lenguaje, sus categorías morales y su mundo intelectual pertenecen a ese tiempo.

Fusionar ambos mundos sin matices produce lo que los historiadores llaman anacronismo: interpretar el pasado usando categorías del presente.


Jesús no puede ser reducido a una etiqueta ideológica moderna sin perder el centro de su mensaje. El cristianismo no comienza con causas políticas. Comienza con la encarnación, la muerte y la resurrección.

Sin embargo, reconocer esto no significa ignorar algo que los propios Evangelios muestran con claridad: la manera en que Jesús trató a las mujeres fue profundamente inusual para su tiempo.

Jesús habló con ellas públicamente. Les enseñó. Caminaron con él como discípulas. Algunas incluso financiaron su ministerio itinerante.

María Magdalena, Juana y Susana, según el Evangelio de Lucas, sostenían el movimiento de Jesús con sus propios recursos.

En una sociedad donde las mujeres rara vez tenían visibilidad religiosa o pública, Jesús las vio. Las escuchó. Las incluyó.

Y hay un detalle que sigue siendo teológicamente y culturalmente provocador.

Cuando llega el momento más decisivo del cristianismo —el anuncio de la resurrección— los Evangelios cuentan que las primeras personas en descubrir la tumba vacía y anunciar que Jesús estaba vivo fueron mujeres.

No sacerdotes.
No gobernantes.
No líderes religiosos.

Mujeres.

En el mundo antiguo, donde el testimonio femenino tenía poco peso legal, ese detalle es sorprendente. Pero tal vez ese sea precisamente el punto.

El cristianismo no necesita convertir a Jesús en feminista para afirmar la dignidad de las mujeres. Y el feminismo no necesita excluir a las mujeres creyentes para sostener su búsqueda de justicia.

La pregunta sobre si Jesús era feminista puede ser interesante, pero quizá no es la más importante.

La pregunta más honesta podría ser otra: ¿por qué seguimos necesitando etiquetas modernas para reconocer algo que los evangelios ya dejaron claro hace dos mil años?

Y quiero decírselo a mi hija Rebeca, a mis sobrinas Elaine, Sofía y Miranda, y también a vos que me estás leyendo:

Las mujeres siempre han estado en la historia de Dios.

Antes de que el mundo aprendiera a escuchar a las mujeres, Dios ya había escrito sus nombres en su historia.

“El mundo todavía debate el lugar de las mujeres. Dios nunca lo hizo.”

 

Liss Rivas Clisson