“Nunca atribuyas a la maldad lo que puede explicarse adecuadamente por la estupidez.”


Vivimos en un tiempo donde todos opinan sobre todo —especialmente en redes— y donde una frase mal dicha puede convertirse en condena pública. Las palabras viajan rápido. Las interpretaciones, más aún.

En ese contexto, hemos desarrollado un reflejo peligroso: asumir intención antes de verificar error. Si algo nos incomoda, concluimos que hubo mala fe. Si nos hiere, pensamos que fue deliberado.

Obvio que no toda estupidez es inocente. Y la inocencia mal entendida también puede causar daño. Pero tampoco todo error nace de la maldad.

Robert J. Hanlon formuló un principio que fue popularizado en Murphy’s Law Book Two (1980):

“Nunca atribuyas a la maldad lo que puede explicarse adecuadamente por la estupidez.”

La llamada Navaja de Hanlon nos invita a que, antes de pensar que alguien actuó con mala intención, consideremos que pudo haber cometido un error, no haber comprendido la situación o simplemente haber actuado con torpeza.

Es una regla de prudencia mental. Una forma de eliminar explicaciones exageradas cuando las simples bastan.

No es una idea nueva. Andrew Roberts cuenta que, en 1943, en plena fricción con Charles de Gaulle, Winston Churchill escribió al rey Jorge VI que la insolencia del general “puede basarse en la estupidez más que en la malicia”.

Vivimos rodeados de sospecha. Para algunos, todo es conspiración: las vacunas, la tecnología. Todo parece formar parte de un plan oculto.

Esto no significa negar la existencia del mal. La Biblia es clara al respecto. La maldad existe. Pero también existe la ignorancia, la inmadurez y la limitación humana. Y no debemos atribuir intenciones oscuras sin evidencia.

Porque no siempre es maldad. Tampoco siempre es estupidez. A veces es simplemente una limitación cognitiva o emocional.

Con el tiempo he revisado episodios que en su momento interpreté como mala onda en mi contra. Lo veía todo en clave de intencionalidad. Hoy lo observo desde otro ángulo.

Algunas situaciones fueron consecuencia de procesos mal entendidos. Personas que no sabían amar de otra manera. Actos que no nacían de la crueldad, sino de la torpeza emocional.

El daño ocurrió, sí. Pero muchas veces fue producto de la improvisación, del ego, de la confusión. Eso no lo justifica, pero lo ordena. Y cuando algo se ordena, deja de ocupar el mismo espacio emocional.

Te libera. No eras un guerrero enfrentando a un villano. Eras alguien atrapado en el remolino de la inmadurez ajena.

Pablo escribió:

“Porque ahora vemos por espejo, oscuramente…” (1 Corintios 13:12)

Todos vemos parcialmente. Todos entendemos parcialmente. Nuestra interpretación de los hechos también es limitada.

Pensar así no niega la posibilidad de maldad. Pero puede traer alivio. A veces quien hiere no está pensando en destruirte; está intentando sobrevivir a su propia confusión.

Sin embargo, la Navaja de Hanlon no es una excusa universal. Si alguien te perjudica constantemente ya no parece simple torpeza.

Jesús fue claro:

“Por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16)

El cristianismo no es ingenuidad emocional. Es amor con discernimiento.

Estamos llamados a un equilibrio:

No sospechar de todos.
No vivir en conspiraciones.
No asumir mala fe automáticamente.

Pero tampoco:

Permitir abuso constante.
Justificar lo injustificable.

Efesios dice hay que  “decir la verdad con amor”.
La verdad sin amor se vuelve dureza.
El amor sin verdad se vuelve permisividad.

Hoy las redes amplifican errores. Una frase mal formulada puede parecer maldad. Una opinión distinta puede parecer ataque.

Pero no todo desacuerdo es odio.
No todo error es conspiración.
No toda ignorancia es perversidad.

No todo es conspiración.
No todo es estupidez.
No todo es maldad.

A veces es ignorancia.
A veces es inmadurez. Aprendamos a no vivir en sospecha constante, pero tampoco a justificar el mal evidente. Caminemos con discernimiento, gracia y verdad. Porque al final, la meta no es tener razón. La meta es amar con sabiduría.

Y entender que, en ocasiones, quien hiere no actúa desde la crueldad, sino desde su propia torpeza emocional.

 

Liss Rivas Clisson