Hay momentos en los que no querés escapar de tu vida.
Querés escapar de quien te convertiste para sostenerla.
Y eso lo cambia todo.
Porque el problema no siempre es tu historia.
A veces es la identidad que se quedó vieja.
La insatisfacción no siempre es un síntoma de fracaso. Es una experiencia profundamente humana. A veces no es que querés mandar todo a la fregada. Lo que realmente querés es dejar de ser quien ya no sos.
Xavier Guix explica que muchas crisis existenciales o emocionales no son errores; son transiciones. Son el alma avisando que estás pasando a otro estadio de la vida.
Por eso, la clave casi nunca es destruir. La mayoría de las veces es integrar.
No es “renuncio a todo y me voy a la chingada”.
Es preguntarte con honestidad: ¿qué parte de mí necesita crecer?
El problema es que, cuando llega la crisis, el vacío asusta. Y el vacío empuja a decisiones impulsivas: cambios drásticos, rupturas, huidas, fantasías con otra vida.
Pero no todo impulso es llamado.
Carl Jung hablaba del proceso de individuación como el camino para volverse íntegro: no dividido internamente, sino unificado. Uno mismo con todas las partes, incluso con aquellas que hemos reprimido.
No se trata de reinventarnos negando lo que hemos vivido.
Se trata de integrar lo que soy con lo nuevo que está emergiendo.
Desde una mirada cristiana, Dios no destruye tu historia para hacer algo nuevo. La redime. La transforma desde dentro.
La gracia no anula la naturaleza; la perfecciona.
Y, sin embargo, hay algo que incomoda profundamente cuando atravesamos estas etapas: el tiempo.
“¿Llegaré a cumplir mis sueños?”
“¿Ya es tarde?”
“¿Me equivoqué de camino?”
Esa parte duele.
Porque cuando empezamos a contar el tiempo cronológico, aparece la ansiedad. Y la ansiedad, si no la gestionamos, puede amargar la existencia.
Bronnie Ware, que acompañó a personas en sus últimos días, escribió un libro titulado The Top Five Regrets of the Dying, donde recoge las confesiones más honestas de quienes estaban por despedirse de la vida.
Y el mayor arrepentimiento no era lo que hicieron…
Era no haber tenido el coraje de ser ellos mismos.
No haber vivido la vida que realmente querían, sino la que otros esperaban de ellos
Y aquí entra otro punto incomodo. El psicólogo Antonio Bolinches habla de la “mala bondad”: personas que hacen todo por los demás, se sacrifican constantemente y se perjudican a sí mismas por un supuesto sentido del deber.
Suena muy noble.
Pero muchas veces no es virtud; es miedo. Y hay una verdad incómoda, pero profundamente liberadora:
Te liberas de los demás cuando sos capaz de decepcionarlos.
Pero no se trata de decepcionar por rebeldía, ni de actuar desde el egoísmo o la indiferencia. Se trata de dejar de vivir esclavo de la aprobación.
Si alguien realmente te ama, te quiere como sos, no como le gustaría que fueras.
Desde una perspectiva cristiana, el amor implica entrega real. Es noble ayudar. Es justo responder por quienes dependen de nosotros. Y pocas cosas nos dejan dormir más en paz que haber hecho el bien.
Pero hay una diferencia enorme entre servir y someterse.Entre amar y anularse.Entre entregarse y desaparecer.
Decir “no” cuando es necesario no es falta de amor; a veces es la forma más honesta de ejercerlo. Porque el amor auténtico no exige que traiciones tu conciencia ni que apagues lo que estás llamado a ser.
No se trata de decepcionar actuando mal. Se trata de aceptar que inevitablemente no vas a cumplir todas las expectativas ajenas. Y eso está bien.
La madurez llega cuando entendés que tu responsabilidad es ser fiel, no ser complaciente.
Por eso, cuando estás cansado de una parte de tu vida, tal vez no necesitás escapar. Tal vez necesitás madurar. Tal vez Dios no quiere que rompas tu historia. Tal vez quiere que la integres.
Porque al final, la paz no llega cuando cambiás de escenario. Llega cuando te reconciliás con vos.
Y entonces sí, podés comenzar una etapa nueva. No desde la huida, sino desde la libertad.
Liss Rivas Clisson