Javier Cercas es uno de los escritores españoles más influyentes. Nació en 1962 y creció en Girona, que por cierto es una ciudad que me gusta mucho.
Gran parte de su obra gira alrededor de una obsesión interesante: cuestionar los límites entre memoria, historia y relato.
Pero su libro más reciente lo llevó a un lugar todavía más inesperado.
El año pasado publicó El loco de Dios en el fin del mundo, que nació de una experiencia bastante singular: fue invitado por el Vaticano a acompañar al Papa francisco en un viaje pastoral a Mongolia en 2023.
La invitación vino de Lorenzo Fazzini, director de la editorial oficial del Vaticano. La idea era simple: que Cercas escribiera un libro sobre ese viaje.
Pero lo que a mí más me sorprendió no fue el encargo. Fue el autor elegido, porque Cercas no es creyente.
Él mismo se define como ateo o agnóstico. Y aun así el Vaticano lo invitó con algo bastante poco habitual: total libertad para escribir lo que quisiera, sin censura.
El libro gira alrededor de una pregunta que parece teológica, pero en realidad es profundamente humana y personal para el autor. Cercas quería preguntarle al Papa: ¿Existe realmente la vida después de la muerte?
No era una curiosidad intelectual. Era algo mucho más íntimo.
Cercas fue criado por una madre profundamente creyente, mientras que él terminó alejándose de la fe. Esa diferencia dejó una pregunta abierta que nunca terminó de desaparecer.
Y en el fondo, la pregunta real era esta:
¿volvería a ver a su madre?
Quise comenzar el artículo de hoy mencionando a Javier Cercas porque, si lo pensamos bien, la pregunta que atraviesa su libro es también una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿qué ocurre con las personas que amamos cuando mueren?
Durante siglos, la religión, la filosofía y la literatura han intentado responder esa misma pregunta. El libro de Cercas es interesante, incluso si no eres creyente. No voy a hacer spoiler. De hecho, todavía no lo he terminado. Y tampoco es que Cercas se haya vuelto cristiano. Pero el libro está lleno de anécdotas interesantes, así que les dejo la curiosidad de leerlo y descubrir la respuesta que el Papa le da a Cercas.
Ahora bien, más allá de lo que aparece en el libro, quiero compartir lo que yo creo.
Lo que yo entiendo de la esperanza cristiana es que el ser humano está llamado a la vida eterna y que en esa vida existe un reencuentro.
Pero ese reencuentro no consiste simplemente en repetir esta vida otra vez.
Ocurre dentro de algo más grande: la relación definitiva con Dios. Es decir, el reencuentro con las personas que amamos no es algo independiente de Dios, sino que sucede porque todos participan.
En otras palabras, el amor tiene una dimensión eterna.
El amor que sentimos por las personas que amamos no es algo que simplemente termina cuando mueren. Si la resurrección es real, entonces ese amor forma parte de algo más grande que el tiempo: algo que continúa más allá de la muerte.
La Biblia misma está llena de preguntas muy honestas sobre este tema.
En el libro de Job aparece una de las más directas:
“Si el hombre muere, ¿volverá a vivir?”
— Job 14:14
Job pierde prácticamente todo: su familia, su salud y sus riquezas. Y en medio de ese sufrimiento se atreve a preguntar si la muerte realmente es el final.
Otro texto bíblico, atribuido a Salomon en Eclesiastés, plantea una duda parecida:
“¿Quién sabe si el espíritu del hombre sube arriba?”
— Eclesiastés 3:21
La Biblia no es un libro que evite las preguntas difíciles. Al contrario: las incluye.
Más adelante, en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo escribe una de las afirmaciones más contundentes del cristianismo:
“Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó.”
— 1 Corintios 15:16
Para el cristianismo, la esperanza de vida después de la muerte no es solo una metáfora ni un consuelo psicológico o motivacional. Está directamente ligada a la resurrección de Cristo.
Yo les escribo desde mi fe. Y aun así, muchas veces me cuesta comprender la muerte. Quizás porque el miedo a perder a alguien que amamos es uno de los dolores más grandes que existen.
Incluso Cristo conoció ese sufrimiento.
En la cruz dijo:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Pero la historia no termina en la cruz.
Y tal vez, si logramos mirar más allá de ese dolor —aunque ahora no lo entendamos del todo— podamos empezar a ver que el amor no desaparece, y que de alguna manera tiene una dimensión eterna.
Como escribió Pablo, si Cristo no resucitó, nuestra fe sería en vano.
Pero si resucitó, entonces la muerte no tiene la última palabra.
Porque si la resurrección es verdadera, entonces las personas que amamos no están destinadas simplemente a desaparecer. El amor que compartimos con ellas no se pierde en el tiempo: encuentra su plenitud en Dios.
Por eso, para el cristianismo, la historia humana no termina en la muerte. Termina en la esperanza, termina en la resurrección, en la vida con Dios y en la promesa de que el amor no desaparece.
Liss Rivas Clisson