“La confianza se construye lentamente, en pequeños momentos, y se destruye de la misma manera.” — Brené Brown
¿Será que hemos perdido la confianza?
¿vos confías?
¿Eres alguien en quien se puede confiar?
Una de las heridas más profundas es perder la confianza: vivir desconfiando de una relación, de un familiar, de un compañero del trabajo, de amigos… o incluso de nosotros mismos. A veces la desconfianza no siempre se siente como sospecha, muchas veces se siente como cansancio. Hace que amar se sienta riesgoso, confunde cercanía con peligro, lleva a probar al otro, a ponerlo a examen, o a retirarse antes de ser herido.
Hoy vivimos rodeados de declaraciones intensas, pero la confianza no nace de lo espectacular. Nace de lo constante. No es un sentimiento pasajero ni una promesa bonita; es la suma de pequeños actos repetidos a lo largo del tiempo.
No confiamos porque alguien diga lo correcto una sola vez, sino porque actúa de manera coherente, una y otra vez. La repetición crea previsibilidad. Y la previsibilidad da seguridad.
Alguien puede decirte: “Daría la vida por vos”, y aun así herirte una y otra vez.
Porque la confianza no se mide por lo que se promete, sino por lo que se sostiene. Las personas confiables no son perfectas. Son emocionalmente predecibles. No cambian según el día. No aman hoy y castigan con silencio mañana. No desaparecen cuando algo se vuelve incómodo. No aman desde la contabilidad emocional.
La coherencia crea seguridad.
Y sí, vas a fallar. Todos fallamos. El único que nunca falla es Dios. Pero la confianza no se rompe por el error, se rompe por la falta de reparación, por el silencio, por la ausencia de sinceridad.
En Isaías 26:3–4 leemos:
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado.”
Aquí, la confianza está ligada a la perseverancia. No es un acto instantáneo, es una relación sostenida. La paz no surge de un momento aislado de fe, sino de una mente que vuelve una y otra vez a Dios.
Jesús lo confirma desde lo cotidiano:
“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel.” (Lucas 16:10)
La confianza se forma en la constancia diaria: decisiones, actos silenciosos, coherencia. Dios honra la coherencia del corazón.
Esta semana he estado leyendo un poco de John Bowlby, creador de la Teoría del Apego. Revolucionó nuestra comprensión de la confianza al afirmar que la necesidad de un vínculo seguro es biológica, no solo emocional. Los seres humanos necesitamos confiar para sobrevivir.
Necesitamos una base segura para explorar el mundo, amar y crecer.
Y ojo: no es necesitar al otro, sino no sentirnos seguros dentro de una relación, ya sea de pareja, de amistad o familiar.
Según Bowlby, la confianza surge cuando el otro es emocionalmente disponible y coherente. No basta con estar presente físicamente; se necesita una presencia que responda.
A partir de experiencias repetidas se forman distintos estilos de apego:
Apego seguro: puedo confiar.
Apego inseguro: confío con miedo.
La Biblia presenta a Dios como una figura de apego seguro, constante, fiel y reparadora:
“Nunca te dejaré ni te abandonaré.” (Hebreos 13:5)
Confiemos en Dios como nuestra constante segura, y al mismo tiempo a aprender a confiar en nosotros mismos para poder confiar en los demás.
Por eso Proverbios nos dice:
“Fíate de Jehová de todo tu corazón,
y no te apoyes en tu propia prudencia.”
Y aquí quiero detenerme un momento “y no te apoyes en tu propia prudencia”,
porque es uno de los versículos más malinterpretados.
No dice: no pienses.
No dice: no creas en vos.
Para mi dice algo con más sentido: no hagas de tu razón herida, limitada o egocentrada tu fundamento último.
Esto no significa renunciar a conocernos ni ignorar la realidad. Todo lo contrario: confiar en nosotros mismos nace cuando reconocemos tanto nuestras fortalezas como nuestros límites.
Confiar en nosotros no es arrogancia. Es saber quiénes somos. Reconocer nuestras heridas, asumir nuestras responsabilidades, aceptar nuestros límites y ver nuestros dones y fortalezas.
Cuando sabemos quiénes somos, podemos amar sin vivir en alerta constante. Podemos confiar sin caer en apegos inseguros. Podemos decir “te creo” sin perdernos a nosotros mismos. Cuando hay un apego seguro, podemos amar sin controlar y soltar sin miedo.
Nuestros hijos deben aprender —no por sermones, sino por experiencia— que confiar también es seguro. Y es seguro solo si antes de confiar en los demás, confiamos en nosotros mismos.
Liss Rivas Clisson