Mirando a Venezuela con el corazón despierto

Simone Weil escribió que la atención es una forma de oración. La espiritualidad —bien entendida— no consiste en escapar del mundo, sino en participar en él con los ojos abiertos, sin negar el dolor ni huir de la verdad.

No se trata solo de pedir; se trata de estar plenamente atentos: atentos al sufrimiento humano, atentos a la justicia, atentos a la voz de Dios que sigue hablándonos en medio del ruido.

Cuando dejamos de atender, dejamos también de sentir.
Y cuando dejamos de sentir, dejamos de amar.

Con este espíritu, miramos lo que ocurre en Venezuela: un país herido, cansado, golpeado. Hay quienes dicen:

“¿Cuál era la alternativa? Maduro no dio señales de renunciar. Las vías pacíficas fueron intentadas y aplastadas. La justicia avaló una elección cuestionada. Defensores de derechos humanos fueron perseguidos. No quedaban caminos.”

Otros responden:

“Estados Unidos no puede intervenir militarmente en otro país sin consecuencias. Saltarse las reglas del derecho internacional nunca será un camino justo.”

Y ambas afirmaciones contienen una verdad difícil de sostener en equilibrio. El “equilibrio difícil” significa que ambas verdades existen al mismo tiempo, pero ponerlas juntas y actuar requiere discernimiento: no puedes ignorar ninguna de las dos, ni simplificar el problema diciendo que solo una tiene razón.

Porque la satisfacción de ver caer a un régimen autoritario no elimina las profundas preocupaciones éticas y humanas que generan las intervenciones militares. Pero reconocer esas preocupaciones tampoco significa minimizar el dolor real que el pueblo venezolano ha soportado durante años, ni las injusticias, ni la represión, ni el sufrimiento acumulado bajo un dictador.

Hoy convivimos con esperanza y preocupación al mismo tiempo.

El pueblo venezolano merece libertad.
Merece elegir a sus líderes sin miedo.
Merece construir su propio futuro en paz y dignidad.

Y como cristianos, no podemos mirar hacia otro lado. No basta con indignarnos por un momento. Estamos llamados a una fe que mira, escucha, acompaña y discierne

Simone Weil tenía razón: la atención es ya una forma de oración.

Atender al dolor del otro.
Atender a la verdad aunque incomode.
Atender a la voz de Dios que nos llama a la justicia, a la misericordia y a la paz.

Seguiré atenta. Y todos deberíamos estarlo.

Les deseo un bendecido y atento 2026.

Liss Rivas Clisson

 

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