Esta semana celebramos Thanksgiving y, entre vueltas, cansancio y gratitud, no quería dejar pasar este domingo sin escribir.

He estado leyendo y viendo mucho sobre algo que se volvió viral últimamente: el famoso “no contact”, o la decisión de cortar todo contacto con la familia. Incluso Oprah dedicó un programa completo a este fenómeno, porque tanta gente está hablando de ello.
Jóvenes —y no tan jóvenes— están optando por romper vínculos con padres o familiares cuando sienten que las relaciones no son sanas.

Y sí:
nadie debe tolerar abusos.
Pero también veo que, en algunos casos, quizá no es necesario llegar al extremo del “no contact”.

 

Para dimensionar: se estima que un tercio de los estadounidenses está distanciado de al menos un miembro de su familia.

Y como decimos en mi país: ¿pero qué tanto es tantito?
¿Estamos alejándonos por protección necesaria, o simplemente porque no hemos aprendido a enfrentar lo difícil?

Mi generación suele decir “esta generación no aguanta nada”, pero la realidad es que ninguna generación está completamente bien; vivimos contextos distintos.

En 2016, el psicólogo Nick Haslam publicó Concept Creep, un artículo donde explica cómo los conceptos de daño, trauma, abuso o negligencia se han ampliado tanto, que lo que antes se veía como una dificultad normal hoy puede vivirse como un trauma.

Y ahí se rompe la comunicación entre generaciones: cada una usa un “idioma emocional” diferente. Y si a eso le sumamos redes sociales … el ruido emocional se multiplica.

Los padres necesitamos aprender el lenguaje emocional de nuestros hijos, no quedarnos en el que tuvimos nosotros. Y los hijos adultos, por su parte, también pueden cultivar un poco de empatía para comprender que sus padres vienen de otro tiempo y de otras herramientas.

 

Muchos psicólogos coinciden en que la idea de “familia” también ha cambiado: ya no siempre significa permanecer unidos a toda costa; hoy muchas personas priorizan los límites y la salud mental. Y eso también es válido.

Reconocer que relaciones abusivas, emocionales o tóxicas —incluso si son con familiares cercanos— pueden justificar distanciarse para sanar es un paso importante.

Pero reconocer el daño no es suficiente. Las relaciones sanas requieren aprender a:

  • tener conversaciones difíciles,

  • reparar lo que se rompió,

  • negociar desde el amor,

  • y tolerar ciertas incomodidades de la vida real.

Porque:

  • no todo conflicto es tóxico,

  • no toda molestia es un trauma,

  • y no todas las relaciones deben romperse para sanar.

     

Cuando solo aprendemos a identificar el dolor, pero no a manejar el conflicto, nos quedamos a mitad del camino.

Es triste ver familias que un día decidieron no hablarse más, hermanos, hijos, primos etc. Pero también entiendo lo doloroso que es intentar una y otra vez cuando la otra parte no quiere colaborar.

Algunos casos requieren distancia; otros, paciencia; y otros, honestidad para discernir qué se puede sanar y qué ya no.

Al final, me hago la pregunta: ¿cómo podemos saber si el “no contact” es lo que realmente necesitamos? Tal vez la respuesta dependa de la gravedad de la situación y de lo que cada uno necesita para sanar.

Oremos para que  Dios nos dé sabiduría para amar, límites para cuidarnos y humildad para mantener el puente abierto cuando la reconciliación sea posible; y también la paz para decir adiós sin culpa cuando ya no se pueda mantener una relación sin destruirnos por dentro.

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