El mundo no siempre ofrece explicaciones claras. La vida duele. El mal existe. La muerte es un misterio.

Esta semana se celebró la salida del Beaujolais Nouveau, el vino joven de la última cosecha, que simboliza el esfuerzo, la paciencia y la espera necesaria para que la uva dé fruto. Observar los viñedos y el trabajo silencioso de quienes lo producen nos recuerda que la vida también requiere constancia, repetición y dedicación, y que incluso en lo cotidiano podemos descubrir sentido. No siempre es fácil; a veces la rutina pesa, y el cansancio hace que parezca que nada tiene sentido.

Y mientras el frío se instala, he andado en mil cosas y me sentía muy cansada. Pero siempre hay momentos que reconfortan el corazón. Hablar con mi hermano es uno de ellos; en cada conversación aprendo algo nuevo.

Por algo que le comenté, esta vez me recordó la historia de Sísifo, un personaje de la mitología griega. Según la tradición, Sísifo fue condenado por los dioses a empujar eternamente una enorme piedra cuesta arriba, solo para verla rodar nuevamente al llegar a la cima. Albert Camus la utiliza magistralmente para reflexionar sobre la condición humana: la repetición, el cansancio, la lucha que nunca termina. Y como suele ocurrirme, traté de encontrar un puente entre esa reflexión y mi fe cristiana.

Muchos piensan que el existencialismo nace con Sartre o Camus, quienes eran ateos, pero sus raíces son mucho más antiguas y cristianas. Surge con Søren Kierkegaard (1813–1855), un filósofo danés para quien la fe no era una doctrina fría, sino una experiencia existencial, vivida desde dentro, en soledad, riesgo y responsabilidad. Él hablaba del salto de fe: elegir a Dios no desde la certeza, sino desde la libertad y la confianza, aun cuando la vida es incierta.

Kierkegaard, Sartre y Camus, aunque separados por años y creencias, coinciden en algo esencial: la vida es seria, frágil y exige decisiones profundas.

El cristianismo no niega nada de eso. La Biblia está llena de gritos existenciales: Job cuestionando a Dios desde su dolor, los salmos de lamentación, los profetas exhaustos, la noche oscura del alma. El terreno es el mismo: la vida humana, vulnerable y auténtica.


Y en medio de esa experiencia aparece Jesús. Él vive en libertad, toma decisiones radicales, asume su responsabilidad, acepta el sufrimiento y enfrenta la angustia —el Getsemaní es puro existencialismo—. Y demuestra que el amor no es automático: requiere elección, conciencia y entrega.

 

Volviendo a Camus y a Sísifo, esta leyenda refleja nuestra propia vida: días que parecen iguales, rutinas que pesan, esfuerzos que parecen no cambiar nada. Al final de la historia, Camus nos invita a “imaginar a Sísifo feliz”, porque él se apropia de su destino y lo enfrenta con plena conciencia y libertad. Así, aunque la rutina y los esfuerzos parezcan interminables, podemos encontrar significado y alegría en el acto mismo de vivir y elegir.