La terquedad sagrada de sanar

Dice Anne Lamott que sanarse no es un acto heroico: es un paso pequeño, repetido con terquedad y esperanza.

Y es verdad. Vivimos en una cultura que aplaude los grandes cambios, las transformaciones radicales, los “antes y después” espectaculares. Si lo vemos desde el lente Hollywood, todo es al estilo de la adaptación del libro: Eat, Pray, Love: viajas, te reinventas y encuentras el amor…

La realidad es más sencilla —y a veces más frustrante— porque la mayoría vivimos la cotidianidad sin presupuesto para irnos un año a la India a “descubrirnos”.

Nos enseñaron a imaginar la sanación como un momento heroico: un despertar místico, una revelación que ilumina toda la vida, un giro dramático que borra el dolor.

En el mundo cristiano cambia un poco la escenografía, pero el guion es parecido: algunos creen que vivir en la fe significa no volver a tener problemas.

Cuando era joven me decía: “Liss, ahora sí vas a cambiar” y me llenaba de metas.

El problema no eran las metas; era lo que pasaba cuando fallaba: frustración, culpa, y dejaba todo.  Con los años entendí que hay una terquedad sagrada en quienes deciden sanar.

No es testarudez ciega: es una forma de amor propio que dice: “Voy a seguir intentando, aunque todavía no lo vea claro.”

La esperanza no siempre aparece luminosa; a veces llega como disciplina. Es la decisión diaria de creer que mañana puede ser diferente. Una esperanza que no niega la herida, pero tampoco le concede la última palabra.

“No menosprecien los pequeños comienzos.” (Zacarías 4:10)

En los Evangelios, los milagros casi siempre comienzan con un gesto pequeño: tocar un manto, pedir agua, aceptar una mano extendida.

Y así también ocurre dentro de nosotros.

Un paso pequeño puede transformar más que una hazaña dramática, porque es real, íntimo, sostenido. La sanación no es cuestión de héroes, sino de humanos: frágiles, persistentes, amados.

Sanar no es fácil. Es repetitivo. Requiere humildad. Y claro que necesitamos ayuda: una iglesia, buenos amigos, terapia, acompañamiento.

Dios trabaja con procesos, con personas, con tiempos.

 

Sanar es un regalo que nos hacemos y que nos debemos… y también un regalo a nuestros hijos.

Quizá no podamos irnos un año a meditar lejos de todo, pero sí podemos sanar en lo cotidiano: mientras cuidamos, trabajamos, estudiamos, amamos.

Sanar no siempre se siente épico, pero siempre es necesario. Cada paso —aunque mínimo, torpe o lento— es una declaración silenciosa de que estás en el camino.