La voluntad de Dios también tiene un territorio

Los lugares donde vivimos no son solamente coordenadas geográficas: son entramados de relaciones, historias, vulnerabilidades y presencias. John Inge, obispo anglicano y uno de los principales teólogos contemporáneos sobre “la teología del lugar”, escribió que “Dios, las personas y el lugar son inseparables”. Y es cierto: Dios también se hace concreto en el dónde.

Quizá hemos pensado la voluntad de Dios como un plan que se descifra… y no como un sitio donde uno se enraíza.

Inge resume la esencia así: Dios, las personas y el lugar son inseparables. No podemos separar lo que creemos de dónde lo vivimos.

El desarraigo no es solo emocional: es espiritual. Migrar es, muchas veces, una Pascua. Cada mudanza es un duelo y un nacimiento.

 

Hoy todos vivimos un poco así: cambiamos de país o ciudad, de casa, de identidad; nuestras familias se esparcen por distintos países, y a veces parece que no pertenecemos a ningún lugar. Lo mismo pasa cuando dejamos atrás trabajo, relaciones o hábitos antiguos para abrirnos a algo nuevo. Cada pérdida duele, pero también abre un espacio.

Personalmente, a mí me cuesta adaptarme. Y desde fuera podría parecer que me adapto bien. Y es cierto: en muchas cosas lo hago. Pero en otras… mi raíz me llama. Mis costumbres, mis referencias, mis sabores, mis ritmos.

Mis hijos, en cambio, parecen más sueltos, más ligeros. Se adaptan sin sentir que traicionan algo. Y creo que ahí hay un misterio: las personas que logran adaptarse no son las que olvidan el pasado, sino las que saben honrarlo sin quedarse viviendo dentro de él.

Es como empezar una relación nueva, pero seguir pensando en el ex.

Para habitar el lugar donde Dios me planta hoy, necesito abrir espacio. Necesito “morir” a algo.

Y allí vuelve la semilla:

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12:24).

A veces perder cierta identidad geográfica o emocional no es pérdida, es siembra.

Quizá la voluntad de Dios no sea un destino, sino un suelo.

Un lugar donde la vida puede dar fruto aquí y ahora.