Salir de Egipto puede parecer fácil; el verdadero viaje es sacar a Egipto del corazón.
George Morrison lo expresó así:
“Bastó una noche para sacar a Israel de Egipto, pero cuarenta años para sacar a Egipto de Israel.”
Esa frase sigue siendo tan cierta hoy como entonces. Todos cargamos con nuestro propio Egipto.
Sea que hayas emigrado, terminado una relación o comenzado un nuevo trabajo, el desafío es el mismo: soltar el pasado para poder habitar plenamente el presente, lo verdaderamente difícil es transformar la mente.
Pero hoy quería compartir lo que pienso desde una perspectiva más amplia: “Egipto” no es solo un lugar del pasado personal.
Es, además, un estado colectivo, un conjunto de patrones de pensamiento que mantiene a la sociedad atada, fomentando que muchos sigan ideas uniformes y aceptadas sin cuestionarlas.
Así como Israel nunca logró dejar completamente a Egipto atrás, nosotros también permanecemos sujetos a cadenas invisibles que nos unen como sociedad: la indiferencia y la falta de reflexión.
Basta mirar las redes sociales, donde la voz que piensa diferente rara vez encuentra espacio; la multitud prefiere la comodidad de pensar igual.
El historiador estadounidense Richard Hofstadter definió una de esas esclavitudes modernas como antiintelectualismo: la sospecha y el resentimiento hacia la vida intelectual. Es el impulso de minimizar el valor del conocimiento, de exaltar la productividad por encima de la sabiduría, de rendir culto a lo inmediato y despreciar lo profundo.
En cierto modo, el antiintelectualismo es nuestro Egipto contemporáneo: un lugar donde pensamos menos, sentimos menos y rendimos culto al dios de lo material, lo superficial y lo instantáneo.
Esta semana leí a un pastor de Harvard Memorial Church y decía: que el faraón de Egipto encarnaba esa misma ceguera.
Tan obsesionado con mantener la prosperidad, olvidó cómo “extranjeros” como José habían contribuido a la grandeza de su nación.
En su afán por construir monumentos, perdió de vista lo verdaderamente importante.
Hoy sucede algo similar: nos rodea el progreso y la tecnología —lo cual no está mal—, pero con frecuencia descuidamos el alma, la compasión y la reflexión.
Aun así, lo esperanzador es que somos artífices de milagros cotidianos. Cada gesto de bondad y compasión nos permite dejar atrás nuestro Egipto interior y mirar la vida con una perspectiva renovada, abriendo espacio a un nuevo comienzo de pensamiento y acción.