Esta semana escuchaba a Elsa Punset hablar sobre los rastreadores de caminos en África, son personas entrenadas para leer señales casi invisibles en la naturaleza: huellas en la tierra, ramas movidas, cambios en el viento, silencios extraños. Su trabajo no depende de mapas perfectos, sino de la capacidad de observar aquello que otros pasan por alto.
Los rastreadores no avanzan porque tengan todas las respuestas. Avanzan porque aprendieron a mirar con atención. Y así descubren no solo por dónde seguir, sino también por dónde no ir.
Creo que muchas veces vivimos esperando grandes respuestas, señales gigantes, certezas absolutas. Pero la vida rara vez habla así. La mayoría de las veces sus señales son pequeñas.
Una incomodidad persistente.
Un cansancio que no se va.
Relaciones o amistades que nos apagan lentamente.
Lugares donde dejamos de crecer y comenzamos a marchitarnos como una planta sin luz.
Trabajos, dinámicas o rutinas que nos desconectan de nosotros mismos.
Y entonces aparece esa sensación difícil de explicar:
“Aquí no es.”
A veces nos encontramos en etapas donde no sabemos exactamente hacia dónde vamos, pero comenzamos a entender hacia dónde ya no queremos seguir caminando.
No siempre vemos inmediatamente “el camino correcto”, pero sí podemos reconocer cuándo algo dejó de ser nuestro camino.
También hay que aprender a discernir, porque no todo cansancio significa que debemos irnos. A veces son procesos, temporadas difíciles o etapas necesarias para crecer. Por eso es tan importante aprender a reconocer la voz de Dios y prestar atención a esa paz profunda en el corazón que muchas veces guía más que nuestras emociones momentáneas.
Porque hay caminos incómodos que nos destruyen, pero también hay caminos incómodos que nos transforman.
La Biblia también habla mucho de eso: detenerse, discernir, escuchar.
“Deténganse en los caminos y miren;
pregunten por las sendas antiguas,
cuál es el buen camino, y vayan por él.”
— Libro de Jeremías 6:16
Me gusta esa imagen del caminante que se detiene antes de seguir avanzando sin sentido.
Y también esta otra:
“Tus oídos oirán detrás de ti una palabra que diga:
‘Este es el camino, anden por él’.”
— Libro de Isaías 30:21
O quizás esta:
“Lámpara es a mis pies tu palabra,
y lumbrera a mi camino.”
— Salmos 119:105
La lámpara no ilumina kilómetros adelante. Ilumina apenas el siguiente paso.
Y tal vez eso es suficiente.
Quizás a veces sentimos que estamos perdidos porque todavía no vemos el destino completo. Pero hay algo profundamente importante en reconocer qué lugares, qué vínculos y qué versiones de nosotros mismos ya no queremos seguir.
Tal vez este sea el momento de detenernos como los rastreadores africanos:
mirar el viento,
escuchar el silencio,
observar las ramas movidas,
y asegurarnos de no estar caminando hacia aquello que nos destruye emocionalmente.
Presta atención.
No estás equivocado.
Estás buscando.
Y quizás Dios también habla así:
dejando pequeñas huellas en el camino para quien aprende a mirar.
Liss Rivas Clissson