En este Día de las Madres pensé en escribir para el grupo de cuidadores de personas con Alzheimer del que formo parte. 

En el grupo siempre leo los desahogos, el cansancio, la culpa, el amor inmenso que aparece incluso en los días más difíciles. Y muchas veces quisiera poder abrazarlos, porque yo también, a veces, necesito ese abrazo.

Hace unos años, el alzhaimer se instaló en el cuerpo de mi madre como una inquilina más, reescribiendo las reglas de la famila. Mi mundo se convirtió en el suyo, y apareció el lento dolor de ver cómo alguien a quien amas se va transformando. Es un dolor difícil de nombrar. Quizás, como decimos con mi hermana, una especie de luto continuo.

Muchos cuidadores entenderán esto: es una lucha del día a día. Son demasiadas emociones al mismo tiempo. Algunos días soy paciente; otros no tanto. Y hoy me permito sentir tristeza; ya no lucho contra ella.

Mi madre creció en un mundo donde la ternura no tenía demasiado lugar. No aprendió a procesar el abandono, el silencio afectivo ni el peso del trauma generacional., ni el peso del trauma generacional. Y cuando uno entiende eso, empieza a ver a las personas distinto: muchas viven marcadas por dolores que nunca supieron nombrar.

Y se los digo porque sé que muchos, a veces, se preguntan si sus padres hicieron bien o mal, o vuelven una y otra vez a ciertos recuerdos. Y quizás nuestros hijos también algún día lo harán con nosotros.

Hay psicólogos que hablan de cómo los hijos solemos culpar a nuestros padres hasta que llega un momento en la vida en que debemos “reparentalizarnos”: (o reparenting, en psicología) convertirnos, de adultos, en la figura emocional que quizás necesitábamos cuando éramos niños y no tuvimos completamente.

No significa culpar eternamente a nuestros padres. Tampoco negar lo que pudo haber estado mal. Implica aceptar. Aceptar la madre que tuvimos, la madre que no tuvimos y la mujer real que existía detrás de ambas.

Debemos dejar ir aquello que ya no puede cambiarse. Y empezar a ver el maravilloso ser humano que son nuestras madres: mujeres que hicieron más de lo que podían con las herramientas emocionales que tenían; mujeres que, a pesar de las vidas que las marcaron, nos sacaron adelante.

Mi mamá es mi ejemplo de trabajo y fortaleza. Me gusta verla caminar porque entra a cualquier lugar con la seguridad de una niña de tres años que siente que el mundo también le pertenece. Tiene una fe inmensa en Dios y siempre nos hizo sentir inteligentes, capaces.  

Ahora, aunque en el día a día nunca sabemos qué pasará, somos ese dúo de madre e hija que algunas personas reconocen en la calle o en los cafés de nuestra pequeña ciudad —su actividad favorita.

No conozco el futuro. Aprendí a vivir en la incertidumbre. Y en medio de todo eso, he pensado mucho en lo que significa honrar a una madre.

No conozco el futuro. Aprendí a vivir en la incertidumbre. Y en medio de todo eso, he pensado mucho en lo que significa honrar a una madre. Ahora que los recuerdos de la mía la traicionan, me he puesto a remirar fotos, su trayectoria laboral y momentos de su vida. Qué mujer tan guapa, tan fuerte. Y aunque la edad y la enfermedad deterioren el cuerpo y la memoria, intento verla a través del lente de todo lo que caminó. Y se los aconsejo también a ustedes: miren a sus padres más allá de la enfermedad. Porque ellos no son el Alzheimer. No son la demencia. Siguen siendo las personas que un día sostuvieron el mundo para nosotros. Y quizás aprender a verlos así también sea una forma de honrarlos.

Y sé que es duro. Tal vez nadie pueda entenderlo completamente excepto otro cuidador. Y sé que a veces parece que estamos solos, pero no lo estamos. Dios también acompaña el cansancio y la tristeza de quienes cuidan.

“Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo.” — Isaías 66:13

Feliz Día de las Madres.

 

Liss Rivas Clisson