Hace poco escuchaba a Arthur C. Brooks, profesor de Harvard, autor y uno de los más influyentes en temas de felicidad. Muchos de ustedes seguramente ya lo han leído o al menos escuchado. Tiene una larga lista de espera de estudiantes que desean tomar su clase.
Recientemente, Brooks ofreció un discurso a los estudiantes del Benedictine College, comenzó afirmando: La felicidad no es un sentimiento.
Esto sorprende, porque casi siempre, cuando nos preguntan qué es la felicidad, respondemos en términos de emociones: plenitud, alegría, bienestar. La asociamos inmediatamente con “sentir”.
Brooks lo explica con una comparación: La felicidad no es un estado de ánimo pasajero, del mismo modo que el olor del pavo no es la cena de Acción de Gracias. El aroma solo es una señal de que algo real está ocurriendo. La cena existe, se puede compartir, sostener y recordar.
Con la felicidad pasa lo mismo. El sentimiento es evidencia, no la esencia. La felicidad es algo más profundo.
Dice que la felicidad se parece más a una cena que a un perfume. Y como toda buena cena, tiene ingredientes claros.
- Disfrute
La capacidad de gozar lo bueno cuando llega, sin culpa ni distracciones.
- Satisfacción
La paz que nace de saber que estamos caminando en la dirección correcta, aunque no todo esté resuelto.
- Significado
La certeza de que nuestra vida sirve para algo más grande que nosotros mismos.
Cuando falta uno de estos ingredientes, la experiencia queda incompleta. Podemos tener placer sin sentido, o sentido sin disfrute…
La felicidad no aparece por accidente. Requiere decisiones, prioridades y una inversión consciente de nuestra vida.
“El fruto del Espíritu es amor, gozo y paz; paciencia, benignidad, bondad y fe.”
— Gálatas 5:22
Habla de fruto, y eso implica que antes hubo una siembra, una inversión consciente.
Como cristianos, estamos llamados a asumir la responsabilidad de trabajar seriamente en nuestra propia felicidad. No por egoísmo, sino por coherencia con la vida que decimos creer y vivir.
Las personas felices atraen. Irradian algo que despierta preguntas. Se nota en su manera de amar, de trabajar, y de cuidar a los suyos.
A veces vemos a muchas personas hablando de Dios, tantos discursos intentando convencer a otros —y quizá también a sí mismos— de que son cristianos, pero lo que reflejan es lo contrario. La espiritualidad no se impone, se contagia.
Pienso, por ejemplo, en mi suegra y amiga Marie Jo. Ella a sus 80 años no habla mucho de Dios, pero su fe se hace visible en la forma en que trata a los demás: con respeto, paciencia y amor. Ese cristianismo silencioso, encarnado en la vida diaria, habla con mucha más fuerza.
Como resume el propio Arthur C. Brooks:
“La felicidad no es algo que se descubre de repente.
Es algo que se construye con decisiones diarias, relaciones bien cuidadas y una vida orientada al amor y al servicio.”
Liss Rivas Clisson