Esta semana comienza la semana 27, la primera de la segunda mitad del año. Seis meses quedaron atrás y otros seis, si Dios quiere, están por delante.

La mitad.

Quizá, muchos de nosotros también hemos llegado a otra mitad. O tal vez ya la cruzamos: la de nuestra propia vida. No lo sabemos. Nadie sabe cuánto tiempo le queda.

Cuando somos jóvenes vivimos convencidos de que el tiempo es infinito. Posponemos conversaciones importantes. Dejamos viajes para después. Retrasamos proyectos. Guardamos los sueños para "algún día", como si ese día estuviera garantizado.

El recurso más escaso es el tiempo. Y al entenderlo empiezas a cuidar dónde inviertes tu energía.

He hablado muchas veces de esto, especialmente pensando en los jóvenes.

Elegir una carrera importa.

Elegir una pareja importa.

Pero pocas decisiones influyen tanto en el futuro como elegir el círculo de personas con el que decides caminar.

Hay quienes tienen una personalidad tan firme que pueden estar rodeados de malas influencias sin perder el rumbo. Incluso ayudan a otros.

Pero la mayoría no somos así.

La mayoría terminamos pareciéndonos al ambiente que respiramos. No ocurre de un día para otro. Ocurre lentamente.

En la manera de hablar.

En la forma de reaccionar.

En los hábitos.

En las prioridades.

En aquello que empezamos a considerar normal.

Por eso muchas familias hacen enormes sacrificios para que sus hijos estudien en determinados colegios o universidades. No siempre lo hacen pensando únicamente en la calidad de la educación, sino también en el entorno: las personas con las que convivirán, las amistades que construirán y los ejemplos que tendrán cerca.

Ojalá esas oportunidades estuvieran al alcance de todos, sin importar el lugar donde nacieron o la situación económica de sus familias. Pero esa es otra conversación.

Lo interesante es entender por qué el entorno importa tanto. En los años noventa, el neurocientífico italiano Giacomo Rizzolatti y su equipo descubrieron las llamadas neuronas espejo. Sus investigaciones mostraron que ciertas neuronas se activaban no solo cuando realizábamos una acción, sino también cuando veíamos a otra persona hacerla. Como si el cerebro ensayara internamente aquello que observa. No significa que copiemos automáticamente todo lo que vemos. Pero sí que aprendemos mucho más observando que escuchando.

Quizá por eso las emociones también se contagian.

La calma se contagia.

La generosidad se contagia.

La disciplina se contagia.

Pero también el pesimismo.

La agresividad.

La queja permanente.

Y la mediocridad.

No somos islas. Estamos hechos para influirnos unos a otros.

Hace casi tres mil años, mucho antes de que existiera la neurociencia, el libro de Proverbios ya decía: "Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo."

Y el apóstol Pablo escribió: "No os engañéis: las malas compañías corrompen las buenas costumbres."

Terminamos pareciéndonos al ambiente que respiramos.

Esta semana comienza la semana 27, la primera de la segunda mitad del año.

Todavía queda medio año.

Y, si Dios quiere, también queda mucha vida.

Quisiera terminar con una pregunta, especialmente para mis lectores más jóvenes:

¿Qué ambiente están respirando?

¿Quiénes están influyendo en su manera de pensar, de hablar, de soñar y de vivir?

Porque, al final, terminamos pareciéndonos al ambiente que respiramos.

Un abrazo!

Liss Rivas Clisson



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