Lo que hacemos con ruido rara vez es lo más importante. Lo verdaderamente decisivo suele ocurrir en silencio.
En la forma en que empezamos el día. En lo que elegimos hacer cuando todo todavía está en calma. Cada vez estoy más convencida de que ahí está la fuente de todo buen comienzo.
Con los años me he vuelto amante de los rituales. Antes pensaba que los cambios importantes llegaban de grandes decisiones, pero cada vez estoy más convencida de que una vida se construye a partir de pequeñas acciones repetidas una y otra vez.
Hace poco leí una frase y quiero compartirla con ustedes: protege tu primera hora como si fuera un fondo fiduciario.
Un fondo fiduciario es algo que se protege, se administra con cuidado y no se gasta impulsivamente porque está destinado a producir beneficios a largo plazo. Creo que nuestras mañanas merecen el mismo tratamiento.
No significa levantarse a las cinco de la mañana ni llenar la agenda de hábitos perfectos. Significa reconocer que los primeros minutos del día contienen una forma de capital: atención, gratitud, claridad mental, energía emocional y capacidad de decisión.
Cuando entregamos ese capital a Instagram, Facebook, emails, mensajes o noticias antes de siquiera escucharnos a nosotros mismos, es como permitir que otros retiren dinero de nuestra cuenta antes de que decidamos en qué queremos invertirlo.
Las personas más productivas que conozco no toman el teléfono antes de atenderse a sí mismas. No porque posean una disciplina casi de militar ni porque vivan alejadas del mundo. Lo hacen porque entienden que la primera hora del día establece el tono del sistema nervioso.
Y un sistema nervioso que despierta reaccionando suele permanecer en reacción. Todo el día. Luego toda la semana. A veces durante años.
Llevo tiempo experimentando mi ritual. Incluso he decidido levantarme antes que el resto de mi familia para proteger ese espacio. Parece algo sencillo, pero no siempre lo es. Siempre hay algo que hacer, algún pendiente que adelantar, alguna razón para posponerlo. Sin embargo, las mañanas en las que logro preservar esa primera hora —sin notificaciones, sin redes, sin la sensación de que alguien más ya está reclamando mi atención— son radicalmente distintas de aquellas en las que no lo hago.
Antes pensaba que revisar el teléfono apenas abrir los ojos era una muestra de responsabilidad. Me decía que podía haber ocurrido algo importante durante la noche. Ahora sospecho que muchas veces no era responsabilidad, sino ansiedad disfrazada de diligencia.
No siempre lo urgente es lo importante. A veces, lo importante es simplemente proteger unos minutos de silencio antes de que el mundo empiece a hablar.
Los salmos hablan de agradecer al amanecer, antes de que lleguen las demandas, las noticias, los mensajes y las preocupaciones. Como si la primera conversación del día no debiera ser con el mundo, sino con aquel que nos sostiene.
Me gusta pensar que la mañana es una invitación. Un momento para agradecer antes de pedir, para escuchar antes de responder, para recordar quiénes somos antes de asumir todos los roles que nos esperan. Un espacio para buscar la dirección de Dios antes de seguir la dirección de las notificaciones.
Quizás por eso las mañanas protegidas se sienten distintas. Porque durante unos minutos recordamos que la vida es un regalo.
Liss Rivas Clisson
Crea tu propia página web con Webador