La amistad en la adultez
El antropólogo británico Robin Dunbar es conocido por proponer el famoso “número de Dunbar”, una hipótesis según la cual existe un límite cognitivo a la cantidad de relaciones sociales estables que una persona puede mantener.
Según Dunbar, nuestras relaciones suelen organizarse en capas:
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5 personas: el círculo íntimo —pareja, mejores amigos, familia más cercana—.
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15 personas: amigos cercanos.
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50 personas: amistades significativas.
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150 personas: red social estable.
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500 personas: conocidos.
Por supuesto, no se trata de un límite biológico exacto. Factores como la personalidad, la cultura, el tiempo disponible o incluso las redes sociales pueden cambiar el tamaño de nuestros vínculos.
Podemos conocer a muchísimas personas a lo largo de la vida, pero solo unas pocas llegan a ocupar un lugar verdaderamente íntimo. La amistad real requiere tiempo, atención y energía emocional. Y esos recursos son limitados.
Pero: ¿qué pasa cuando uno se da cuenta de que no tiene muchos amigos?
Porque crecer también implica perder parte de nuestro “capital social”. Las amistades cambian, las rutinas absorben, las ciudades separan y muchas relaciones quedan suspendidas en el tiempo. Hacer amigos de adultos ya no sucede como cuando éramos jóvenes.
Por eso me gusta tanto lo que Elsa Punset llama el “método Jane Fonda para hacer amigos”. La actriz Jane Fonda popularizó que: en la adultez hay que ser intencional para construir amistades. Ella dijo algo que se volvió viral “Tienes que buscar activamente a las personas con las que quieres ser amigo o amiga y decirles: ‘Quiero ser tu amigo’.” Como hacen los niños.
Porque cuando somos pequeños no analizamos tanto el rechazo. Simplemente nos acercamos, mostramos interés y proponemos compartir tiempo. En cambio, de adultos solemos esperar que las amistades “surjan”, mientras el cansancio o la costumbre nos vuelven pasivos.
Jane Fonda dice que: las amistades requieren iniciativa. Decir claramente “me caes bien”, “quiero conocerte más”, “disfruto tu compañía”.
Y quizá también implica aceptar que: no podemos seguir sosteniendo vínculos que solo pesan. Amistades mantenidas por costumbre, nostalgia o miedo a quedarnos solos.
Aristóteles distinguía tres tipos de amistad: las basadas en la utilidad, las basadas en el placer y las amistades virtuosas.
Estas últimas son las más profundas. No porque sean perfectas o libres de conflicto, sino porque están construidas sobre un deseo genuino del bien del otro. No se trata solamente de lo que el otro me da o de cuánto me entretiene, sino de un vínculo donde ambos quieren mejorar la vida del otro.
Y aun así, Aristóteles no desprecia las otras amistades. Las relaciones ligeras, prácticas o circunstanciales también forman parte del bienestar humano. No toda persona tiene que entrar en nuestro círculo más íntimo para tener valor en nuestra vida.
En la Biblia encontramos la amistad entre David y Barzillai.
Barzilai era un hombre mayor —la Biblia dice que tenía 80 años— cuando ayudó a David durante uno de los momentos más difíciles de su vida: la rebelión de Absalón, su propio hijo. David estaba huyendo, vulnerable, cansado y emocionalmente devastado.
Y entonces aparece Barzilai.
No llega con discursos sino que llega con comida, camas y cuidados. El texto dice que llevó provisiones porque entendió que David y los suyos estaban:
“hambrientos, cansados y sedientos en el desierto.”
— 2 Samuel 17:29
Eso es amistad: notar el cansancio del otro y cuidar sin necesidad de esperar algo.
Otra historia es la de Job y sus amigos. Aunque muchas veces recordamos los errores de ellos, hay un momento inicial muy humano. Cuando Job pierde todo, sus amigos viajan para acompañarlo y:
“se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra.”
— Job 2:13
Porque entendieron que había dolores que no necesitaban soluciones rápidas, sino solo compañía.
Como ven, la amistad no tiene edad. Quizá una de las cosas más humanas que podemos hacer es avanzar por la vida acompañados por un pequeño círculo de personas que nos conocen de verdad. Porque, al final, este mundo se vuelve más habitable cuando caminamos junto a Dios y junto a las personas correctas.
Y hoy, especialmente, doy gracias por las personas que forman mi pequeño concilio: esas personas que hacen la vida más ligera, más honesta y más cercana.
Un abrazo!
Liss Rivas Clisson
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