La amistad en la adultez
El antropólogo británico Robin Dunbar es conocido por lo que popularmente se ha llamado el “número de Dunbar”, la idea de que existe un límite cognitivo para la cantidad de relaciones sociales estables que podemos mantener.
Nuestras relaciones tienden a organizarse en diferentes capas. Podemos tener un círculo íntimo muy pequeño, formado por las personas con las que tenemos mayor cercanía; un círculo algo más amplio de amigos cercanos; una red más extensa de relaciones significativas y, más allá de ella, un círculo mucho mayor de conocidos.
Estas cifras no deben entenderse como un límite biológico exacto. Factores como la personalidad, la cultura, las circunstancias, el tiempo disponible y nuestra manera de vivir y comunicarnos pueden influir en el tamaño y la naturaleza de nuestras redes sociales.
Podemos conocer a muchísimas personas a lo largo de la vida, pero solo unas pocas llegan a ocupar un lugar verdaderamente íntimo. La amistad real requiere tiempo, atención y energía emocional. Y esos recursos son limitados.
Pero ¿qué pasa cuando nos damos cuenta de que en realidad no tenemos tantos amigos?
Crecer también puede significar perder parte de nuestro “capital social”. Las amistades cambian, las rutinas absorben, las ciudades nos separan y muchas relaciones quedan suspendidas en el tiempo. Hacer amigos de adultos simplemente ya no sucede como cuando éramos jóvenes.
Por eso me gusta tanto lo que la psicóloga y escritora Elsa Punset llama el “método Jane Fonda” para hacer amigos.
La actriz Jane Fonda ha hablado abiertamente sobre la importancia de ser intencionales con nuestras amistades, especialmente a medida que envejecemos. Cuando su exmarido Ted Turner le dijo que las personas no hacen nuevos amigos después de los 60 años, ella no estuvo de acuerdo. Su consejo era sencillo: si hay personas con las que realmente te gustaría ser amigo, tienes que buscar intencionalmente esas amistades y hacérselo saber.
Suena casi infantil.
Y quizá precisamente ese sea el punto.
Cuando somos pequeños, no analizamos tanto el rechazo. Simplemente nos acercamos a alguien, mostramos interés y le preguntamos si quiere ser nuestro amigo. En cambio, de adultos solemos esperar que las amistades “surjan”, mientras el cansancio y la rutina nos convierten poco a poco en participantes pasivos de nuestras propias relaciones.
La amistad requiere iniciativa.
A veces tenemos que estar dispuestos a decir: “Me caes bien”, “me gustaría conocerte mejor” o “disfruto estar contigo”.
Y quizá también implique aceptar que no podemos seguir sosteniendo relaciones que solamente nos pesan: amistades mantenidas por costumbre, nostalgia o miedo a quedarnos solos.
Aristóteles distinguía entre tres tipos de amistad: las amistades basadas en la utilidad, las basadas en el placer y las que él consideraba amistades de virtud.
Estas últimas son las más profundas. No porque sean perfectas o estén libres de conflictos, sino porque están construidas sobre un deseo genuino del bien del otro. No se trata simplemente de lo que la otra persona me da o de cuánto me divierto con ella. Es una relación en la que ambos desean sinceramente el bien del otro.
Y, sin embargo, Aristóteles no despreciaba los otros tipos de amistad. Las relaciones ligeras, prácticas o circunstanciales también forman parte de la vida humana. No todas las personas tienen que pertenecer a nuestro círculo más íntimo para tener valor en nuestra vida.
En la Biblia encontramos una hermosa imagen de la amistad en la historia de David y Barzilai.
Barzilai era un hombre mayor —la Biblia nos dice que tenía ochenta años— cuando ayudó a David durante uno de los momentos más difíciles de su vida: la rebelión de Absalón, el propio hijo de David.
David estaba huyendo, vulnerable, agotado y emocionalmente devastado.
Y entonces aparece Barzilai, junto con Sobi y Maquir.
No llegaron con discursos. Llegaron con cuidados concretos: camas, alimentos y provisiones. Entendieron que David y los suyos estaban hambrientos, cansados y sedientos en el desierto.
Eso es amistad: notar el cansancio del otro y cuidar de él sin esperar nada a cambio.
Otra historia es la de Job y sus amigos.
Aunque muchas veces recordamos los errores que ellos terminaron cometiendo, hay algo profundamente humano en lo que hicieron al principio. Cuando Job lo pierde todo, sus amigos viajan para estar con él.
Y la Biblia nos dice:
“Se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande.”
— Job 2:13
Entendieron que algunos dolores no necesitan soluciones rápidas.
A veces simplemente necesitan que alguien se quede.
Como ven, la amistad no tiene edad.
Quizá una de las cosas más humanas que podemos hacer es avanzar por la vida acompañados por un pequeño círculo de personas que realmente nos conocen.
Porque, al final, este mundo se vuelve más habitable cuando caminamos junto a Dios y junto a las personas correctas.
Y hoy, especialmente, doy gracias por ese pequeño círculo de personas a las que recurro, esas personas que hacen la vida más ligera, más honesta y más cercana.
Un abrazo!
Liss Rivas Clisson
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