Estuve viendo entrevistas donde un joven conversa con personas de más de 90 años. Les pregunta sobre su vida, qué cambiarían, qué aprendieron y qué consejo darían a otros.
Uno de ellos, de 98 años, contaba que todavía asistía a conferencias universitarias. Otro decía que el error más grande es pensar que la vida termina cuando uno envejece.
Eso me llevó a releer un concepto del que hablan muchos investigadores: los “super agers”.
Y no me refiero a una obsesión estética por aparentar juventud. Cada quien es libre de vivir el envejecimiento como quiera. Pero la idea es otra: no se trata de verse más joven, sino de llegar a la vejez conservando vitalidad mental, curiosidad y claridad.
El término “super ager” se utiliza para describir a personas mayores —generalmente de más de 80 años— que conservan una vitalidad mental.
Investigadores como Eric Topol, Bradford Dickerson y Lisa Feldman Barrett han estudiado este fenómeno. Una de las ideas más interesantes es que muchas de estas personas continúan aprendiendo, enfrentando desafíos mentales y toleran la incomodidad de empezar algo nuevo.
Aun así, los expertos recuerdan que también influyen factores biológicos y genéticos. Por eso, más allá de lo que no podemos controlar, vale la pena enfocarnos en aquello que sí está en nuestras manos: seguir desafiando nuestra mente.
Y ahí fue cuando pensé en Abraham.
Evidentemente no porque la clave de su vida haya sido ‘envejecer bien’, sino porque su historia sigue recordándonos que nunca es tarde para responder al llamado de Dios.
Abraham tenía 75 años cuando Dios le pidió dejar su tierra, su cultura y todo lo conocido para ir hacia un lugar incierto.
Génesis 12:4 dice:
“Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán.”
La Biblia no cuenta demasiados detalles sobre su vida antes de ese momento. Pero sí deja claro después: Dios puede llamar tanto a un joven como David, como a alguien mayor como Abraham o Moisés.
A los 99 años Dios cambió su nombre de Abram a Abraham.
Abraham esperó 25 años para ver cumplida la promesa que había recibido.
Comenzó tarde la etapa más importante de su vida. Y eso enseña:
Que todavía se puede comenzar.
Que todavía se puede crecer.
Que todavía se puede cambiar.
Y quizás —aunque hoy no lo veas— el llamado más importante de tu vida todavía esté por comenzar.
En América Latina solemos construir la vida alrededor de la familia, y eso es algo profundamente hermoso. Pero viviendo en Francia también he observado cómo se forman círculos de amistades que duran toda la vida: personas que siguen compartiendo caminatas, fiestas, viajes, conversaciones y proyectos. Son vínculos que acompañan tanto en los años de trabajo como en la jubilación.
Por ejemplo, mi suegra, que es viuda y tiene 80 años, pasa Navidad primero en la iglesia y luego cenando rodeada de hijos y nietos. Pero cada fin de año se reúne con sus amigos de toda la vida para celebrar juntos. Me parece una imagen muy bonita de la vida
Porque al final, envejecer bien no parece depender solamente de la genética. También depende de cómo vivimos mientras el tiempo pasa.
Cuidar el cuerpo importa.
Cuidar la mente también.
Pero tener propósito le da sentido a todo lo demás.
Recordemos que Dios puede llamar a una persona en cualquier etapa de su vida. A veces pensamos que lo importante ocurre solamente en la juventud. Pero algunas de las historias más grandes comienzan tarde.
Hoy celebramos el domingo de Pentecostés, donde conmemoramos la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos.
Pidamos que el Espíritu Santo siga guiando nuestras vidas.
Aprendamos a vivir bonito.
Feliz domingo.
Liss Rivas Clisson
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