La distancia social no se mide en kilómetros, sino en las puertas cerradas de una casa

París tiene una extraña capacidad para convertir los edificios en metáforas.

En el distrito 14, el antiguo Hôpital Saint-Vincent-de-Paul, perteneciente a la red pública de hospitales de París (AP-HP), cerró sus puertas entre 2010 y 2012. fue durante más de un siglo un lugar donde la vida comenzaba y terminaba. Allí nacían niños, se acompañaban enfermedades y se despedía a los enfermos terminales.  A partir de 2015, parte del recinto se transformó en Les Grands Voisins, un proyecto temporal donde personas sin hogar, refugiados, artistas, emprendedores y asociaciones compartieron un mismo espacio como una experiencia de convivencia y solidaridad.

El antiguo hospital dejó de ser un lugar dedicado al cuidado clínico para convertirse en un espacio donde se ensayaban nuevas formas de convivencia.

Durante mucho tiempo pensamos que la distancia social se medía en kilómetros. Las migraciones, las guerras y los viajes parecían definir quién estaba cerca y quién estaba lejos. Sin embargo, el siglo XXI ha revelado otra forma de distancia, mucho más silenciosa.

La distancia social no se mide en kilómetros, sino en las puertas cerradas de una casa.

Dos personas pueden compartir cocina, comedor y dormitorio y, aun así, vivir en mundos completamente separados. La proximidad física ya no garantiza la intimidad. La convivencia tampoco asegura la comunidad.

La pandemia hizo visible esta paradoja, pero no la creó. Solo la iluminó.

Los sociólogos describen una sociedad en la que la familia ha dejado de ser la única institución que organiza el cuidado y la pertenencia. Es un diagnóstico difícil de negar. Las migraciones, la movilidad y las nuevas formas de convivencia han transformado profundamente nuestros vínculos.

La pregunta ya no es si ese cambio existe. La pregunta es cómo responderemos a él.

Hoy elegimos con mayor libertad dónde vivir, con quién compartir la vida, si queremos tener hijos o no, e incluso qué comunidades consideramos nuestras. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para diseñar nuestra biografía.

Pero toda libertad trae consigo una responsabilidad.

Los vínculos ya no permanecen unidos únicamente porque una institución los sostenga; necesitan ser cultivados y renovados cada día. La migración ha acelerado este cambio. Millones de personas viven lejos de sus padres, de sus hermanos y de la casa donde crecieron. Las videollamadas acortan las distancias, pero no sustituyen la presencia. La familia ya no comparte necesariamente una mesa; muchas veces comparten pantallas.

Paradójicamente, la movilidad global nos ha conectado con el mundo mientras debilitaba muchas de las estructuras locales que durante siglos ofrecieron estabilidad y pertenencia.

La Biblia no niega esa transformación; ofrece una respuesta.

En el Antiguo Testamento, el cuidado se aprende en la familia. El mandamiento «Honra a tu padre y a tu madre» convierte el amor en una responsabilidad que no depende solo de los sentimientos, sino también de la fidelidad.

Jesús no elimina esa responsabilidad; la expande. Cuando afirma que su madre y sus hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica, no resta valor a la familia biológica. Amplía su significado. El cuidado comienza en el hogar, pero está llamado a extenderse a la comunidad.

Curiosamente, tanto la sociología contemporánea como el Evangelio reconocen que la biología, por sí sola, no basta para explicar qué es una familia. La diferencia está en el fundamento. La sociedad contemporánea pone el acento en la libertad para construir nuestros vínculos; el Evangelio entiende esa libertad como una invitación a una alianza que nos compromete con los demás.

Toda sociedad necesita una forma de garantizar el cuidado de las personas más vulnerables. La cuestión, entonces, no es únicamente si la familia está cambiando. La verdadera pregunta es si estamos construyendo comunidades capaces de sostener aquello que la familia, con todas sus limitaciones e imperfecciones, ha enseñado durante siglos: el cuidado del otro.

Tal vez la verdadera crisis de nuestro tiempo no sea la soledad, sino la pérdida de una cultura del cuidado.

La familia sigue siendo el primer lugar donde aprendemos a cuidar y a ser cuidados. Pero ese aprendizaje no debería terminar en las paredes del hogar; está llamado a extenderse a la comunidad.

Porque una sociedad no se mide únicamente por la libertad que ofrece a sus individuos, sino también por la responsabilidad con la que acompaña a quienes más la necesitan.

Un abrazo y feliz domingo.

Liss Rivas Clisson

 

 

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