Éxodo 7:7: “Era Moisés de edad de ochenta años, y Aarón de edad de ochenta y tres, cuando hablaron a Faraón”.
Moisés es una de las figuras más destacadas del Antiguo Testamento, y su vida nos ofrece profundas lecciones de fe, paciencia y transformación. Su historia también nos recuerda que Dios no está limitado por nuestra edad ni por la etapa de la vida en la que nos encontramos.
Moisés no comenzó su llamado siendo un hombre de ochenta años lleno de seguridad y confianza. En su juventud, actuó impulsivamente, tuvo que huir de Egipto. Pasó años en Madián, donde su vida tomó un rumbo completamente diferente. Allí aprendió a vivir con sencillez, trabajó como pastor, formó una familia y atravesó un largo proceso de preparación.
Lo que para Moisés pudo parecer una etapa de espera, Dios lo estaba utilizando como un tiempo de formación. Antes de enviarlo a enfrentarse con Faraón y conducir al pueblo de Israel fuera de Egipto, Dios estaba trabajando primero en el corazón y el carácter de Moisés.
A los ochenta años, cuando muchos podrían pensar que ya es demasiado tarde para comenzar algo nuevo, Moisés recibió un llamado que cambiaría el rumbo de su vida. Su historia nos enseña que la edad no determina el propósito de Dios. A veces pensamos que las oportunidades más importantes quedaron atrás, pero Dios puede abrir una nueva etapa precisamente cuando creemos que nuestra historia ya está definida.
Moisés tuvo que aprender que no necesitaba depender de su propia fuerza, experiencia o capacidad. Necesitaba confiar en Dios. Y quizás esa fue una de las mayores transformaciones de su vida: pasar de actuar impulsivamente por sus propias fuerzas a aprender a caminar dependiendo de la dirección de Dios.
En lugar de usarlo de inmediato, Dios moldeó cuidadosamente a Moisés, preparándolo en medio de la vida cotidiana para la gran misión que le esperaba. Su historia nos enseña la importancia de esperar el tiempo de Dios. Durante esos años, Moisés aprendió la vida de un pastor, formó un hogar y crió una familia. Parecen actividades sencillas, pero no fueron insignificantes: Dios las utilizó para formar su carácter y prepararlo para lo que vendría.
A menudo deseamos vivir experiencias “espectaculares” con Dios, pero gran parte de nuestra vida transcurre en el “valle”: en esas tareas diarias que pueden parecer rutinarias y poco trascendentes. Sin embargo, es precisamente en esos momentos cotidianos donde Dios nos forma, nos enseña a ser fieles y nos prepara para su llamado.
Cuando aprendemos a vivir para Dios en los pequeños momentos, estamos siendo preparados para permanecer firmes en los momentos grandes.
A los ochenta años, Moisés ya no era el mismo hombre que había huido de Egipto décadas atrás. Era un hombre marcado por los años, las experiencias y un profundo proceso de transformación. Aun así, cuando Dios lo llamó, Moisés expresó dudas sobre su capacidad. Es fácil imaginar que, después de haber intentado actuar por sus propias fuerzas y haber fracasado, pudiera preguntarse si estaba realmente preparado para regresar a Egipto.
Muchos de nosotros conocemos esa sensación. Intentamos algo, fracasamos y, cuando se presenta una nueva oportunidad, comenzamos a dudar de nuestra capacidad. Pensamos: “¿Y si vuelve a salir mal? ¿Y si ya es demasiado tarde? ¿Y si no soy capaz?”.
Pero Moisés había experimentado dos cambios fundamentales.
Primero, él mismo había cambiado. Los años en Madián habían formado en él cualidades que antes no tenía: paciencia, humildad y una mayor dependencia de Dios.
Segundo, y más importante, Dios estaba con él. Moisés ya no tendría que enfrentar su misión dependiendo únicamente de sus propias fuerzas. Dios mismo le prometió su presencia: “Ve, porque yo estaré contigo” (Éxodo 3:12).
Moisés había fallado cuando actuó impulsivamente y quiso resolver las cosas por sus propios medios. Ahora Dios lo estaba llamando a una misión que solo podía llevar a cabo dependiendo de Él. Su capacidad no era la garantía del éxito; la presencia de Dios lo era.
De Moisés aprendemos que la edad no es un obstáculo para Dios. El tiempo que ha pasado no significa que tu propósito haya terminado. Quizás algunos años de tu vida parecieron una etapa de espera, rutina o incluso fracaso, pero Dios puede haber estado formando en ti lo que necesitarás para la siguiente etapa.
Ya tengas 50, 60, 70 años o más, Dios puede seguir haciendo cosas poderosas en ti y a través de ti. Para Él, sigues siendo su hijo, y puede darte las fuerzas que necesitas para aquello a lo que te ha llamado.
No permitas que la timidez, el temor o los fracasos del pasado te detengan. “Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10). Confía en que Dios puede prepararte, sostenerte y guiarte en su tiempo.
Quizás no estás llegando tarde. Quizás Dios simplemente te ha estado preparando.
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